Si lo pruebas, repites: Comida Basura, la adicción gastronómica del siglo XXI

Si lo pruebas, repites: Comida Basura, la adicción gastronómica del siglo XXI

Muchos aún tenemos en la retina aquel anuncio de la famosa marca de patatas fritas de bolsa en el que esta retaba al consumidor a comer sólo una y no seguir. Una historia simpática y divertida, pero que a la vez ilustraba a la perfección ese reverso oscuro de la comida procesada, de la comida basura: crea adicción y engancha, como una droga.

Quizá usted ya había oído hablar de esto, y esporádicamente aparecen estudios e informes que parecen acreditarlo, pero ahora se ha preparado un pequeño revuelo: el afamado periodista Michael Moss, ganador de un Pulitzer, acaba de publicar el libro ‘Adictos a la comida basura’, una demoledora revisión de la millonaria industria de la alimentación a la que llega después de años de investigaciones. Ahí explica la sobresaturación de sal, grasas y azúcar que se inyecta en los alimentos procesados y sus efectos en el consumidor que, concluye, se convierte en un adicto.

En una reciente entrevista a ABC, el periodista lo ratifica: “No compararía la comida basura con otras drogas porque sería una afirmación arriesgada, pero sí se puede comparar con el tabaco, los datos lo demuestran”. Otro punto de alarma está en ampliar el concepto de ‘comida basura’: ya no son las clásicas hamburguesas o pizzas que nos vienen a la mente al hablar de esto, sino de una larga lista de alimentos que incluso consumimos de forma cotidiana y pensando que son saludables: desde determinados yogures a zumos envasados, quesos, salsas, snacks, refrescos o platos preparados.

Un tridente tras la adicción

Sal, grasa y azúcar (y sin olvidar intensas campañas de marketing) forman el tridente perfecto que está detrás de esta particular adicción que fundamenta un negocio de miles de millones de euros, y la gran baza de Moss es que lo documenta de forma exhaustiva: “Con profusión de datos y declaraciones, el periodista explica cómo los titanes de la industria alimentaria, guiados por sus aparatosas y carísimas divisiones científicas, manipulan sus alimentos no solo para que resulten apetecibles, sino para que los consumidores queramos más y más”, explican desde el blog El Comidista.

El azúcar, relata el libro, está presente en una grandísima mayoría de alimentos del supermercado, en diversas formas y en alimentos que ni siquiera son dulces. La grasa por su parte es un opiáceo gastronómico que ataca el nervio trigémino y además no pone límite de consumo (el azúcar sí), mientras que la sal funciona como un corrector de sabor infalible, que se usa también en innumerables alimentos y en cantidades a menudo más que generosas. Moss apunta en especial a los casos de los refrescos y esos zumos atiborrados de azúcar, a los que incluso gravaría con impuestos similares a los del tabaco o el alcohol, “no puede ser que las calorías que ingiero vengan de una bebida que tomo para calmar mi sed”, explica.

El libro sale al mercado en un momento donde la obesidad es un tema de debate nacional en Estados Unidos, un país con larga tradición en el consumo de comida basura. Es la última señal de alarma de un problema del que se habla hace tiempo, con antecedentes de peso como el estudio en 2010 de científicos del Scripps Research Institute, en el que concluían que los mismos mecanismos moleculares del cerebro que propician la adicción a las drogas se desarrollan cuando se ingiere comida basura. Ellos experimentaron con ratas a las que suministraban alimentos de muchas calorías, comprobando que al poco tiempo no sólo desarrollaban un aumento de volumen más que notable, sino que se volvían incapaces de cambiar la dieta, “habían perdido completamente el control sobre su comportamiento con la comida”.